No nos engañemos señores, todos seguimos teniendo miedo a la mujer. Sentimos contrariedad hacia ella en algún momento, odiamos su complicación, no soportamos que nos humillen entre sus amigas, competimos con ella, tenemos celos cuando se acerca a otro, la envidiamos por su capacidad de querer, no solo a nosotros, sino al resto del mundo. Básicamente, es la relación materna la que proyectamos en el telón de nuestras relaciones.
Para un hombre no es fácil ver a la mujer como el regalo que es,
pues ella es lo Otro, lo contrario a nosotros. Como explica Elisabeth Badinter, el embrión, por defecto, siempre se desarrolla como un feto hembra hasta las ocho semanas de gestación, luego, si aparece el cromosoma Y, el proceso natural del feto femenino (¡atención!) se interrumpe y los ovarios empiezan a liberar testosterona para convertirse en testículos. Eso quiere decir, queridos machos, que el hombre viene de la mujer y no al contrario (tal y como en la biblia se cuenta). El hombre es una especie de interrupción, una suerte de apropiación oportuna de lo material (lo cual se refleja hoy claramente en el mundo masculino de la economía y consumo) y deberá, durante toda su vida, luchar para no ser una mujer, para diferenciarse del otro sexo e identificarse como varón. Tanto si es consciente de ello como si no, cuando crezca, luchará contra su madre y el resto de los seres femeninos de su niñez y adolescencia para demostrar que él es del género masculino, un macho.
Y esto es así porque es una necesidad que nos viene impuesta desde el vientre de la madre, es como si estuviéramos programados para ello: interrumpir y crecer hacia la diferencia, pues la mujer crea y une, y el hombre destruye y separa. Esta tarea de diferenciación a través de la destrucción continuará el resto de la vida, porque la mujer, señores, es mujer y punto, pero el hombre no es hombre, el hombre debe hacerse a lo largo de su vida, el hombre está por hacer. “Tienes que hacerte un hombre” nos dicen, “los hombres no lloran”, “los hombres aguantan”, “los hombres luchan hasta el final”. En nuestro tiempo viene presupuesto que el hombre se hace de tal o cual manera.
Para un hombre no es fácil ver a la mujer como el regalo que es,
pues ella es lo Otro, lo contrario a nosotros. Como explica Elisabeth Badinter, el embrión, por defecto, siempre se desarrolla como un feto hembra hasta las ocho semanas de gestación, luego, si aparece el cromosoma Y, el proceso natural del feto femenino (¡atención!) se interrumpe y los ovarios empiezan a liberar testosterona para convertirse en testículos. Eso quiere decir, queridos machos, que el hombre viene de la mujer y no al contrario (tal y como en la biblia se cuenta). El hombre es una especie de interrupción, una suerte de apropiación oportuna de lo material (lo cual se refleja hoy claramente en el mundo masculino de la economía y consumo) y deberá, durante toda su vida, luchar para no ser una mujer, para diferenciarse del otro sexo e identificarse como varón. Tanto si es consciente de ello como si no, cuando crezca, luchará contra su madre y el resto de los seres femeninos de su niñez y adolescencia para demostrar que él es del género masculino, un macho.
Y esto es así porque es una necesidad que nos viene impuesta desde el vientre de la madre, es como si estuviéramos programados para ello: interrumpir y crecer hacia la diferencia, pues la mujer crea y une, y el hombre destruye y separa. Esta tarea de diferenciación a través de la destrucción continuará el resto de la vida, porque la mujer, señores, es mujer y punto, pero el hombre no es hombre, el hombre debe hacerse a lo largo de su vida, el hombre está por hacer. “Tienes que hacerte un hombre” nos dicen, “los hombres no lloran”, “los hombres aguantan”, “los hombres luchan hasta el final”. En nuestro tiempo viene presupuesto que el hombre se hace de tal o cual manera.
Entonces, ¿qué pasa cuando un hombre no puede, no llega, no está a la altura ya sea social, económica o sexualmente? Pues sucede lo que tiene que suceder, que no es un hombre como toca. A partir del momento en que no cumplo con los requisitos culturales, sociales o sexuales, no represento bien mi rol y se me etiqueta (yo mismo o por imposición externa) como maldito. Así, o es un pelele de las situaciones el resto de su vida y se somete a lo que le toca o por el contrario rebate la situación con tanta fuerza que es tildado en un monstruo insensible.
Pero muchos no arriesgan, claro. Algunos conseguimos un trabajo fácil, estable, cómodo, que no sea algo muy vergonzoso, que nos dé el suficiente dinero para mantener un papel aceptable socialmente: el macho guay con gafas grandes y coche bonito... cuando salgo del curro. Y a eso aspiramos: a mantener un papel, una imagen que sea lo menos baja posible. Si es sofisticada, alternativa, original, moderna o lujosa, mejor… no vayan a enterarse que somos simples hombres (interrupciones del proceso natural femenino) y nos descubran desnudos.
El hombre: galán, conquistador, poeta, músico, alternativo, moderno, duro, tímido, naturista, femenino, ambicioso, etc. no busca otra cosa que diferenciarse de la madre que lo parió y así demostrar o que ya no la necesita o que ha cumplido lo que ella esperaba de él. Y así nos movemos los hombres creo yo: para huir o para encontrar.
Pocos hombres se arriesgan a perderse en sí mismos, a dudar de sus ideas, a poner en riesgo la comodidad de su situación actual y emprender el camino del guerrero que atraviesa las sombras internas de lo desconocido. Adentrarse en la senda oscura y húmeda del camino de la frustración; una muerte tras otra; la desestructucación de nuestras ideas fáciles, sociales y culturales para encontrar la presencia interna de la dulce desolación, la búsqueda de la conciencia universal en la propia experiencia.
Se cuentan con los dedos de la mano los hombres que lloran de confusión, que se hunden sabiendo que es el momento, son pocos los hombres que dicen a su amigo “ei, necesito hablar contigo y contarte algo que me pasa” o “no puedo salir de esto, necesito tu ayuda” ¿Qué haría el otro si descubre que no me valgo por mi mismo? ¿Me diría que soy un flojo? ¿Qué ya no vale la pena ser mi amigo y que no estoy siendo un hombre? ¿Qué les ocurre a los hombres con la puta competencia? ¡¿Dónde está la carrera?! No. No hay competición ¿Qué es? ¿Qué tan misteriosa es la fragilidad masculina? ¿Qué esconde? ¿Será que tenemos la idea de que si le muestro mi fragilidad a un amigo me querrá dar por culo? ¿Es eso? ¿Nos da miedo ser maricones? ¿Ser hombres-mujeres? ¿Quien dice que una mujer no tiene su parte de hombre cuando se pone firme? ¿Quién dice que un hombre no es en parte una mujer, aunque solo sea en las ocho primeras semanas de vida?
Al plantearme que yo también he sido, en parte, una mujer, aunque solo sea como un símbolo dentro de mi del que quiero apartarme, si acepto que el contacto con un hombre no me transforma en mujer y la separación de la mujer no me transforma en hombre, sino que el hombre me hace más hombre y de la mujer aprendo a ser un hombre más sensible, si tengo la suerte de encontrar a hombres y mujeres que han vivido en sí mismos un proceso de crecimiento sano, equilibrado y continuo, podré darme cuenta de lo poco hombre que he sido hasta ahora, de la gran pantomima que me vendieron los hombres que tienen reprimido el miedo a la mujer. Si consigo darme cuenta de esto, podré ver a mi mujer como el regalo que es y a mi madre como la persona que me dio el regalo más maravilloso y jodido que existe.
Igual algunos/as leen como si fuera raro escribir todo esto: “¡qué ideas!”, “este Manel vive en las nubes”. Pero como siempre digo no me fio de alguien que nunca duda de si mismo. Sirva también como justificación del escrito lo siguiente: Yo antes no dudaba, no asumía errores, no creía tener necesidades que satisfacer más que frustrar el cariño que recibía con tal de no debilitarme, yo me alimentaba de eso. Decía no tener miedo, no me importaba si hacía daño a los demás, no era responsable de mi, mantener mi fortaleza insensible era la orden del día. Estas ideas juntas metidas en un cuerpo masculino, por experiencia ya sé que no son buenas, pues me hacían daño a mí y a la gente que me quería. Pero esto un día empezó a derrumbarse. Estuve a punto de perder a alguien muy importante y eso me hizo reaccionar a tiempo. Destapé un foco de conciencia que hasta entonces estaba encubierto y que me hoy me está ayudando a conocerme, desde el principio, cada día más ampliamente.
Así que mi tarea en esta vida es poner la duda, alterar tu percepción estática, provocar movimiento, confrontar aquello que otros pasan por alto o dan por hecho, por ejemplo: hacer ver que no hay un solo camino para hacerse hombre. No existe eso de “el hombre se hace así”. Cada uno se descubre a si mismo sea hombre o mujer. No hay igualdad de género ni tampoco hay diferencia de género, hay sexo en el género humano y este busca ampliar su conciencia, aprender de la historia y desmontar los mitos para hacerle sitio a la unidad ¿Cómo sería el mundo con la sola bandera del humano sexuado?
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